martes, 11 de mayo de 2021

Firuláis

Federico Ochoa y Ochoa
Firuláis

 


Federico Ochoa y Ochoa, nació el 10 de febrero de 1907 en la Hacienda La Purísima, en Tecalitlán, Jalisco, fueron sus padres el hacendado Federico Ochoa Ochoa y Doña Elena Ochoa Urroz; el primero un pintoresco y galante campesino, hijo de don Rafael C. Ochoa y Doña Getrudis Ochoa. 
En 1910, el pequeño Federico con apenas tres años de edad, debió enfrentar la pérdida de su padre, causado por un mal cardíaco congénito. La viuda doña Elena, dos años más tarde, junto al pequeño Federico y su hermanita Elena decidió trasladarse a Guadalajara, ciudad que a principios del siglo XX contaba con poco más de 200,000 habitantes, a pesar de que eran los tiempos de la primera guerra mundial y la revolución mexicana, Federico guardó toda su vida cálidos recuerdos de esa época: fundamentalmente de los cines del centro ( Lux, Ópera y Salón Verde) y del gran Circo dirigido por el inglés Richard Bell. A los ocho años, Federico fué inscrito en el Colegio Williams, en la Ciudad de México.

Un año más tarde su madre lo trasladó a Estados Unidos con el fin de registrarlo en los Ángeles, Military Academy. En 1916, Federico ya no regresaría a México sino hasta cinco años más tarde. En 1921, Federico viajó con su mamá y su hermana, por barco a Europa.
Ya en México, el adolescente Federico, quedó maravillado con el ambiente de los toros y consideró seriamente la posibilidad de consagrar su vida a convertirse en ilustre matador; fué su madre quién con gran dramatismo, lo hizo renunciar a la idea.

A los 17 años, Federico fué enviado a estudiar a Boston, misma de la que fué expulsado injustamente al terminar el primer periodo académico, lo volvieron a mandar a la Universidad Audubon, el Louisiana: cabe señalar que nunca estudió en aquella institución, ya que el dinero de la inscripción lo utilizó para comprarse un coche y recorrer Estados Unidos de costa a costa.
De paso por Hollywood y encandilado por el mundo del cine, se animó a realizar una serie de pruebas de cámaras, todas sin éxito. Dicha experiencia lo llevó, no obstante, a considerar una carrera como actor.Siguiendo ese impulso a los 21 años de edad se enlistó en la American Academy oficina Dramatic Arts en Nueva York, convirtiéndose en poco tiempo en alumno destacado.

De regreso en México trabajó en diversas compañías teatrales de la capital, entre ellas la dirigida por el japonés Seki Sano. Pero no todo era trabajo y actuación para Federico. Aunque se enamoró perdidamente de una Tapatía llamada Niní ( relación que nunca se pudo concretar), acabó casándose luego de un turbio y confuso incidente, con una casi desconocida para él, en la Ciudad de México, al cabo de unos meses el matrimonio llegó al divorcio y poco tiempo después Federico hubo de entrar a la fase más obscura de su vida entregándose al alcohol y otros excesos. Tras breve paso por una institución mental, Federico regresó a Jalisco y comenzó a vivir entre Guadalajara y Tecalitlán. Poco a poco fué acabándose la herencia familiar, hasta por la década de los años cincuentas, después de largos años de bohemia, celebraciones, viajes en cruceros y fiestas, don Federico se vió obligado a trabajar de chófer particular, de cantinero, mesero, entre otras ocupaciones, y por pura casualidad, consiguió un pequeño salario anunciando los números de un circo de Guadalajara, pero para ello tenía que disfrazarse de payaso, así nació su nueva identidad el mago y payaso Firuláis.Bajo este seudónimo que lo cobijó durante más de 30 años. Federico Ochoa desarrolló una singular carrera que lo convirtió en un personaje legendario de Guadalajara. Podría decirse que como Firulais, Federico conoció la verdadera felicidad y fama; debido a su popularidad local, era entreviatado frecuentemente por periodistas tanto nacionales como extranjeros, hasta fué figura del canal 6.
En 1967, en un arranque de espontaneidad imprudente para su edad, Firulais se bajó al ruedo de la Plaza de Toros "El Progreso" con tan mala fortuna que el toro le dió un pisotón y le dejó prácticamente inválido por el resto de sus días, pocos años más tarde conoció a quien se convertiría en su segunda esposa y fiel compañera, Paquita Vázquez, con quién tuvo su única hija, Mónica María. Desgraciadamente Paquita falleció a los pocos años de matrimonio, dejando atrás a Firuláis viudo, con una hija, con salud debilitada, anciano y pobre, los últimos años los vivió sentado en una silla de ruedas, trabajando y dando consejos en los portales de Avenida Juárez y 16 de Septiembre, al mismo tiempo escribía sus ideas filosóficas, realizaban pequeños trucos de magia, bromeaba con los transeúntes o conversaba con los turistas algunas veces en inglés, francés o italiano. Es sabido que sin importar las adversidades de su vida nunca perdió su caballerosidad, su sentido del humor, su carisma, ni su excentricidad.

Falleció en 1989 a la edad de 87 años,dejando tras de sí un legado de libertad, vocación y entrega, que lo convierten en uno de los íconos de Guadalajara y tal vez en uno de los últimos hijos esclarecidos de Jalisco. Firuláis fué un alma genuina que supo ver más allá de la riqueza y de la pobreza, más allá de las convenciones y las estructuras sociales, más allá de los rígidos límites impuestos por el sentido común y los sedentarismo de la conciencia. Firuláis supo comunicarse íntimamente con los dos mundos que le rodeaban: el llamado, " de la Calzada para allá" y" el de la Calzada para acá".




Federico Ochoa y Ochoa
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